Por: Pastor Julio Ruiz
IV.
SI PARA MÍ EL VIVIR ES CRISTO ÉL DEBE SER MI GALARDÓN AL FINAL
1.
El morir es ganancia. Solo para quien el “vivir es Cristo”, el morir será
una ganancia. Escuchamos a la gente decir que la muerte de alguien fue una gran
pérdida. Esto puede ser así si hablamos de lo indispensable que era la persona
a su familia, al negocio o a la sociedad. De modo que en este sentido la muerte
no es una ganancia. Por otro lado, para quienes la muerte es un presagio para
ser enfrentado, no puede resultar una ganancia. Pablo no vio la muerte como un
destino incierto; como ir a algún lugar donde no se tiene un punto de llegada.
Contrario a esto, él sabía que la muerte era como una “partida”. Él llegó a ver
la vida y la muerte como dos asuntos extraordinarios. Si algo le motivaba
quedarse era para ayudar a sus hermanos. Pero reconoció que estar con Cristo
era muchísimo mejor. Así concibió Pablo la muerte. Era la partida para estar
con Aquel que se le apareció en el camino de Damasco en todo su esplendor y
gloria. Si alguien vive para Cristo, la muerte no es sino el puente para entrar
en el gozo del Señor.
2.
Hay una corona para el final de la carrera. Nadie podrá ser coronado sino llega a la
meta. Muchos quieren una corona sin haber luchado legítimamente. El creyente
será premiado de acuerdo a como haya vivido. Las coronas son el resultado de un
gran esfuerzo. Note que después que Pablo afirmó haber pelado la “buena
batalla” y haber “guardado la fe”, terminó hablando de lo que le esperaba una
vez que llegara a la presencia del Señor; así se expresó: “Por lo demás, me
está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en
aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2
Timoteo 4:6-8).
CONCLUSIÓN: “Para mí el vivir
es Cristo” fue dicho por un hombre que tuvo todas las credenciales y la
autoridad después de su conversión. Su vida estuvo llena de Cristo, por lo
tanto nadie podía recriminarle el haber dejado su fe. Nunca se avergonzó de él,
y hasta tuvo el coraje de pedir que nadie le molestara por cuanto él traía
consigo las “marcas de Cristo” sobre su cuerpo. Feliz el creyente que pueda
decir que en todo lo que hace, piensa, ve, oye, escribe, trabaja… su vivir es
Cristo. ¿Podemos decir sin reservas “para mí el vivir es Cristo, y el morir es
ganancia?”.